Casa Matusita
Casa Matusita: la esquina del pánico en Lima
La leyenda más contada de Lima dice que una noche de la década de 1970 el célebre presentador de la televisión peruana Humberto Vílchez Vera subió los escalones de madera de la Casa Matusita, una edificación de dos pisos ubicada en la intersección de las avenidas España y Garcilaso de la Vega, en el centro de Lima. Vílchez Vera había apostado frente a miles de espectadores que pasaría siete noches solo en el segundo piso del inmueble para demostrar que las historias de terror eran patrañas. No duró ni cuatro horas. Los bomberos lo encontraron en el suelo, rodeado de un charco de sudor, con los ojos desorbitados y gritando incoherentemente. Pasó los siguientes meses internado en una clínica psiquiátrica y nunca volvió a hablar de lo que vio aquella noche. Años después, el propio Vílchez Vera contó que todo había sido un montaje publicitario; en Lima, casi nadie le creyó la desmentida.
La cena de la locura y el veneno
Según la leyenda, la historia de la Casa Matusita comenzó a forjarse en el siglo XIX, cuando el segundo piso era habitado por una familia aristocrática de origen extranjero. El padre de familia era conocido por su temperamento cruel y los constantes abusos físicos que ejercía sobre sus sirvientes. Hartos de los castigos, el cocinero y el mayordomo de la casa decidieron vengarse. Durante una cena importante que el patrón ofrecía a un grupo de socios comerciales, los sirvientes mezclaron en la comida una potente sustancia alucinógena obtenida de plantas locales. Su plan original era que los comensales hicieran el ridículo en público y perdieran su estatus social. Pero la dosis fue excesiva. Desde la cocina, los empleados comenzaron a escuchar gritos descontrolados, seguidos del sonido de muebles rompiéndose y platos destrozados. Al subir las escaleras y asomarse al comedor, se encontraron con una carnicería. Los invitados, presas de una locura homicida inducida por el veneno, se habían despedazado entre sí con los cubiertos y los cuchillos de la mesa. Las paredes estaban pintadas con sangre y los cuerpos desmembrados yacían esparcidos por el piso de madera. La impresión fue tal que los sirvientes perdieron la razón en ese mismo instante.
La esquina maldita de Lima
Desde aquella tragedia, el segundo piso de la Casa Matusita quedó sellado. El primer piso albergó durante décadas una conocida ferretería de origen japonés llamada "Matusita", de donde el edificio tomó su nombre popular, pero el piso superior permaneció inhabitable. Los inquilinos de los comercios colindantes y los peatones que esperaban el transporte público en la esquina juraban escuchar ruidos extraños provenientes de las ventanas superiores. Sonidos de platos rotos, arrastrar de sillas, gritos de auxilio y el llanto desesperado de una mujer se colaban entre el ruido del tránsito limeño. Diversos sacerdotes intentaron ingresar para realizar exorcismos, pero todos salieron del lugar presurosos, argumentando que la presencia maligna que habita el piso superior era demasiado fuerte para ser contenida.
Lo que pasa hoy
Durante años, el segundo piso permaneció cerrado con candados pesados y ventanas tapiadas para evitar el ingreso de curiosos. Sin embargo, los taxistas que trabajan en el centro de Lima durante la madrugada afirman que la vibración de la esquina no ha cambiado. Cuando el semáforo de la avenida España se pone en rojo frente a la antigua estructura, la temperatura desciende bruscamente dentro de los vehículos y los radios experimentan interferencias de estática, donde se llegan a percibir voces distorsionadas que repiten lamentos en idiomas antiguos.
La explicación detrás de la leyenda
Los historiadores limeños explican que muchos de los rumores sobre la Casa Matusita fueron alimentados de manera deliberada durante el siglo XX. La casa se encuentra ubicada muy cerca de la embajada de los Estados Unidos de aquella época y de instalaciones militares del gobierno peruano, por lo que se cree que los servicios de inteligencia de la época propiciaron las historias de fantasmas para desincentivar el ingreso de curiosos o espías a una zona altamente estratégica. La ferretería cerró hace años y la fisonomía del edificio cambió para siempre, pero el recuerdo de la esquina del pánico permanece intacto. Quienes caminan por esa vereda al caer el sol aceleran el paso, sabiendo que en el aire de esa vieja esquina limeña todavía flota el olor a metal y la locura de una noche que nunca terminó.
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