Plantación Myrtles
Plantación Myrtles: el espejo que atrapa a los muertos
La tarta de adelfas
Según la leyenda más contada de Luisiana, la tarde del 15 de septiembre de 1823 una esclava llamada Chloe caminó desde las cocinas exteriores hacia el comedor principal de la plantación Myrtles, en St. Francisville, Luisiana. Llevaba en sus manos una tarta recién horneada para la cena de cumpleaños de la esposa del propietario, Sara Woodruff. Para prepararla, Chloe había hervido hojas de adelfa, un arbusto ornamental extremadamente tóxico que crecía en los jardines de la propiedad, y había mezclado el extracto venenoso con la masa. Pocas horas después de comer el postre, Sara y sus dos hijas pequeñas sufrieron convulsiones violentas y murieron en sus camas. Los demás esclavos de la plantación, temiendo el castigo del amo Clark Woodruff, arrastraron a Chloe esa misma noche, la colgaron de un roble de la entrada y arrojaron su cuerpo al río Misisipi.
La mansión de los robles colgantes
La plantación Myrtles fue construida en 1796 por el general David Bradford, un prófugo de la justicia que buscaba un refugio seguro en el territorio español de Luisiana. La casa, una imponente estructura de estilo colonial francés con una galería de madera tallada de treinta y siete metros de largo, se levantó, según la tradición local, sobre un antiguo cementerio de la tribu nativa de los Tunica. A lo largo del siglo XIX, la propiedad cambió de manos en varias ocasiones, acumulando tragedias familiares, quiebras financieras y muertes prematuras provocadas por la fiebre amarilla y la violencia de la posguerra civil. La casa se ganó rápidamente la reputación de ser una de las propiedades más sombrías del sur de los Estados Unidos.
El reflejo de los Woodruff
El objeto más temido dentro de la casa es un gran espejo francés de marco dorado ubicado en el vestíbulo principal. Según la tradición de la época, cuando un miembro de la familia moría, todos los espejos del hogar debían cubrirse con telas negras para evitar que sus almas quedaran atrapadas en el mundo terrenal. La leyenda cuenta que, tras la muerte de Sara Woodruff y sus hijas, el espejo del vestíbulo quedó descubierto por descuido de los sirvientes. Desde entonces, los visitantes aseguran ver huellas de manos infantiles que aparecen en el vidrio desde el lado de adentro, marcas que ningún limpiador logra borrar, y los rostros de una mujer y dos niñas vestidos con ropa del siglo XIX reflejados en la penumbra del pasillo.
La aparición del turbante verde
Los huéspedes que hoy se alojan en la plantación, que funciona como un hotel histórico, reportan encuentros constantes con el fantasma de Chloe, a quien describen como una mujer de piel oscura que lleva un turbante de color verde brillante en la cabeza, el mismo accesorio que usaba en vida para ocultar la oreja que su amo le había cortado como castigo por escuchar conversaciones privadas tras las puertas. También se registran de forma recurrente los pasos pesados de William Winter, un abogado que fue asesinado de un disparo en el porche de la casa en 1871. Los testigos escuchan cómo sube fatigosamente los escalones de la escalera principal, arrastrando los pies, para detenerse siempre en el escalón número diecisiete, el lugar exacto donde murió en brazos de su esposa.
Entre el mito y el archivo
La investigación histórica revela que el relato de Chloe contiene inconsistencias importantes. Aunque Sara Woodruff y dos de sus hijas fallecieron en la plantación en la década de 1820, los registros parroquiales de la época señalan como causa oficial de muerte la fiebre amarilla, una epidemia común en el delta del Misisipi en esos años. No existen registros de ninguna esclava llamada Chloe en los inventarios de la propiedad del coronel Woodruff. Sin embargo, el asesinato de William Winter sí está plenamente documentado: fue atacado por un desconocido a caballo en enero de 1871 y falleció en las escaleras interiores de la casa, tal como relata la crónica familiar.
El perfil en el porche
Al caer el sol, las ramas de los inmensos robles centenarios cubiertos de musgo español proyectan sombras alargadas sobre la fachada de Myrtles. En la planta alta, las cortinas de encaje de las ventanas se mueven levemente, dibujando la silueta de una mujer que contempla el camino de entrada, esperando el regreso de los que nunca volvieron.
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