Peri

Seres feéricos y espíritus de la naturaleza

Ilustración de Peri (seres feéricos y espíritus de la naturaleza)

Peri: la belleza exiliada que se alimenta de perfumes

El aroma del Edén perdido

Hay criaturas cuya sola existencia es un suspiro de nostalgia. La peri es una de ellas: un ser de una gracia tan deslumbrante que el ojo humano rara vez puede sostenerle la mirada sin que se le salten las lágrimas. No son ángeles, aunque lo fueron en el alba de los tiempos, ni son demonios, aunque se alinearon con las huestes rebeldes en un titubeo del que todavía se están arrepintiendo. Esa indecisión las dejó varadas en el espacio intermedio, desterradas de las esferas celestiales pero demasiado puras para la zafiedad de la tierra habitada. Físicamente, se las describe como figuras de una delicadeza insoportable, envueltas en un fulgor áureo o vistiendo túnicas tejidas con la luz del crepúsculo. Sus alas, que baten sin hacer ruido, cambian de matiz según su estado de ánimo, pasando del azul de la tarde al carmín del fuego moribundo. Pero lo más singular de la peri no es su aspecto, sino su sustento. Al carecer de un cuerpo denso, no conocen el hambre de carne ni de pan; se alimentan exclusivamente de fragancias. El aroma del sándalo, la exhalación de las rosas de Persia al abrirse por la mañana o el perfume del almizcle son su verdadero maná. Un jardín descuidado o una tierra marchita es, para una peri, el equivalente a una hambruna devastadora.

La guerra invisible contra las sombras

El destino de la peri está ligado a una guerra eterna y silenciosa contra los deevs, los gigantescos y brutales demonios de la mitología oriental. Los deevs las odian con la saña propia de la fealdad frente a la armonía. Cuando logran capturar a una peri, no la matan —pues su naturaleza es casi incorpórea—, sino que la encierran en jaulas de hierro que cuelgan de las copas de los árboles más altos del Cáucaso. Allí, las exponen al viento helado y las privan de su alimento, impidiendo que los aromas de los valles asciendan hasta ellas. Para defenderse, las peris recurren a la ilusión y a la astucia de los vientos. Pueden desviar las flechas de sus enemigos con un soplido, desorientar a los ejércitos cubriendo los pasos de montaña con nieblas aromáticas que adormecen los sentidos, o buscar la alianza de héroes humanos de corazón puro. Cuando un mortal se gana la gratitud de una peri, recibe a cambio un favor que desafía las leyes del mundo físico: la capacidad de cruzar desiertos sin sentir sed, o una pluma dorada que, al quemarse, la invoca en el momento de mayor peligro, trayendo consigo la frescura de una primavera instantánea en mitad de la batalla.

El anhelo de la puerta cerrada

Toda la existencia de la peri está dominada por una profunda melancolía: el deseo de regresar al Paraíso. Cada buena acción que realizan en la tierra, cada auxilio brindado a un viajero perdido o cada deev derrotado es una gota de penitencia que acumulan con la esperanza de que las puertas del cielo se abran de nuevo para ellas. Se dice que merodean por las orillas de los ríos sagrados y las cúpulas de los templos abandonados, escuchando los rezos de los hombres para aprender el lenguaje de la devoción. Quien haya escuchado alguna vez un silbido dulce en un jardín nocturno, un sonido que parece el cruce entre una flauta de caña y el roce de la seda, no ha escuchado el viento; ha oído el lamento de una peri que, oculta entre las ramas de un granado, contempla las estrellas y calcula cuántos siglos de destierro le quedan aún por cumplir.

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