Los Cinco Soles

Profecías y escatología · El fin del mundo en las religiones

Ilustración de Los Cinco Soles (profecías y escatología · el fin del mundo en las religiones)

Los Cinco Soles: la cosmología del fin del mundo en el imperio azteca

En noviembre de 1519, cuando los conquistadores españoles entraron a la ciudad lacustre de Tenochtitlan, los sacerdotes aztecas vivían bajo el temor constante de que su mundo colapsara de forma inminente a causa de un terremoto global. Su cosmología enseñaba que el universo ya había pasado por cuatro eras de creación y destrucción previas, llamadas "Soles", y que la era actual, el Quinto Sol, estaba destinada a terminar de manera catastrófica. Para posponer este final inevitable, el imperio realizaba sacrificios humanos diarios con el fin de alimentar al sol, Tonatiuh, con el agua preciosa de la sangre. Cada uno de los soles anteriores había terminado en una catástrofe absoluta que exterminó a la humanidad: el primer sol fue devorado por jaguares; el segundo, destruido por huracanes; el tercero, consumido por una lluvia de fuego; y el cuarto, sumergido por una inundación de agua que transformó a los humanos en peces. La profecía del Quinto Sol, llamado "Sol de Movimiento" (Ollintonatiuh), advertía que el fin ocurriría al término de un ciclo de 52 años, cuando los astros se detuvieran y los monstruos del firmamento, las Tzitzimime, descendieran del cielo oscuro para devorar a todos los sobrevivientes.

Las catástrofes de las eras pasadas

La mitología nahua describe las eras anteriores como un equilibrio inestable entre deidades opuestas, principalmente Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, y Tezcatlipoca, el espejo humeante. El primer sol, Nahui Ocelotl (Cuatro Jaguar), duró 676 años y fue regido por Tezcatlipoca, pero terminó cuando Quetzalcóatl lo derribó de un bastonazo al agua; Tezcatlipoca emergió en forma de jaguar gigante y junto a sus bestias devoró a la población de gigantes que habitaba la Tierra. El segundo sol, Nahui Ehecatl (Cuatro Viento), gobernado por Quetzalcóatl, colapsó debido a vientos huracanados que arrancaron las montañas, convirtiendo a los sobrevivientes en monos para que pudieran sujetarse de los árboles. La tercera creación, Nahui Quiahuitl (Cuatro Lluvia), regida por el dios de la tormenta Tláloc, terminó cuando Quetzalcóatl envió una lluvia abrasadora de fuego y ceniza volcánica que calcinó los campos y transformó a los humanos en pavos. La cuarta era, Nahui Atl (Cuatro Agua), gobernada por la diosa del agua Chalchiuhtlicue, llegó a su fin cuando los cielos se rompieron y una inundación universal ahogó el mundo durante cincuenta y dos años; la fuerza del agua fue tan destructiva que las montañas se derrumbaron y las personas se convirtieron en peces para no morir.

El origen mítico registrado en la piedra

Este mito cosmogónico fue heredado por los aztecas de culturas mesoamericanas anteriores, como los toltecas y los teotihuacanos. Los aztecas grabaron la historia de estos cataclismos en el centro de la monumental Piedra del Sol, un relieve de basalto de más de veinticuatro toneladas descubierto bajo el Zócalo de la Ciudad de México en 1790. En el centro del disco está tallado el rostro de Tonatiuh, rodeado por los jeroglíficos de los cuatro soles pasados dentro de un gran símbolo de movimiento (Ollin), indicando cómo perecerá la era actual. Para los sacerdotes de Tenochtitlan, la creación del Quinto Sol requirió que los mismos dioses se sacrificaran en Teotihuacán. El dios humilde Nanahuatzin se lanzó a una hoguera divina para convertirse en el nuevo sol, pero este no se movía por el firmamento; exigía el alimento del combate cósmico para avanzar, lo que obligó a los humanos a mantener viva la maquinaria de las guerras sagradas y los sacrificios humanos rituales.

La ceremonia del Fuego Nuevo

El temor a la profecía se traducía en una de las ceremonias más dramáticas de la América precolombina: la Ceremonia del Fuego Nuevo, celebrada cada 52 años en la cima del cerro Huizachtlan. Al final de cada ciclo calendárico, la población azteca rompía sus ídolos domésticos, destruía sus utensilios de cocina y apagaba todas las hogueras de las casas y templos, dejando la noche entera sumida en una oscuridad total. Los sacerdotes observaban con atención el paso de las estrellas de las Pléyades por el centro del cielo a medianoche. Si las estrellas cruzaban con éxito el cenit, significaba que el Quinto Sol no se detendría y que los monstruos del espacio no descenderían. En ese instante de alivio colectivo, los sacerdotes encendían un fuego nuevo en el pecho abierto de un cautivo sacrificado en la cima del cerro. Los corredores encendían sus antorchas en esta fogata y corrían en la oscuridad para distribuir el fuego nuevo a todos los hogares del imperio, asegurando la supervivencia del mundo por otros 52 años.

El fin del imperio y el mito

La conquista española en 1521 coincidió con el colapso político de los mexicas, quienes interpretaron la llegada de los extranjeros y las epidemias devastadoras como las señales premonitorias del fin de su era solar. Aunque el Quinto Sol no terminó físicamente con un terremoto global en la fecha esperada, el fin de su forma de vida y el colapso de sus templos significaron para los antiguos sabios la muerte de su era cósmica. La Piedra del Sol sobrevive hoy como el monumento físico de ese terror cíclico. La imagen de las Tzitzimime, divinidades esqueléticas que esperaban ocultas tras la luz del sol durante los eclipses solares, sigue siendo el recordatorio de un universo azteca que pendía de un hilo y que requería de sangre para que el cielo no se desplomara sobre la Tierra.

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