Gran Chasco de 1844
Gran Chasco de 1844: la noche en que el cielo se quedó vacío
El 22 de octubre de 1844, más de cien mil seguidores del movimiento adventista en el noreste de los Estados Unidos abandonaron sus hogares y se reunieron en colinas, campos y templos para esperar la segunda venida de Jesucristo. Convencidos por los cálculos matemáticos del predicador William Miller, los fieles se vistieron con ropas sencillas y esperaron con cánticos y oraciones el momento en que los cielos se abrirían para dar inicio al fin del mundo. El sol se ocultó, pasó la medianoche y amaneció el 23 de octubre sin que ocurriera ningún evento sobrenatural. Este suceso, que pasó a la historia con el nombre de el Gran Chasco, dejó a una multitud de personas sumidas en la humillación, la quiebra financiera y una profunda crisis espiritual, transformando de manera permanente el mapa religioso de Norteamérica.
La ecuación matemática de la salvación
El artífice de esta movilización masiva fue William Miller, un granjero del estado de Nueva York y veterano de la guerra de 1812 que dedicó años de su vida al estudio minucioso de la Biblia. Su punto de partida fue el Libro de Daniel, específicamente el versículo octavo del capítulo catorce, que menciona un período de dos mil trescientas tardes y mañanas tras las cuales el santuario sería purificado. Miller aplicó el principio de interpretación de "un día por un año" en la profecía bíblica. Determinó que el punto de partida de este ciclo era el año 457 antes de Cristo, fecha en que el rey persa Artajerjes emitió el decreto para la reconstrucción de Jerusalén. Al restar esa cifra de los dos mil trescientos años, Miller concluyó que la purificación de la Tierra mediante el fuego y el regreso de Cristo ocurrirían entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. A través de publicaciones, folletos y multitudinarias reuniones en carpas portátiles, el mensaje se difundió con rapidez por toda la costa este estadounidense. Cuando pasó la primera fecha límite de marzo de 1844 sin novedades, uno de los seguidores de Miller, Samuel S. Snow, recalculó la profecía basándose en el calendario judío del Día de la Expiación, fijando de manera definitiva e irrevocable la fecha final para el 22 de octubre de 1844.
El día señalado y la desolación de la espera
La certeza de los "milleritas" era tan absoluta que miles de ellos dejaron de sembrar sus campos, cerraron definitivamente sus negocios, vendieron sus posesiones terrenales para saldar deudas y distribuyeron el dinero sobrante entre los necesitados. Consideraban que retener bienes materiales demostraba una falta total de fe en la palabra divina. Durante todo el 22 de octubre, la tensión se mantuvo al límite. Familias enteras se congregaron en las colinas altas de Mount Benedict, en Massachusetts, y en graneros a lo largo de Nueva York y Pensilvania, mirando al cielo en busca de la nube que anunciaría el regreso del Mesías. A medida que avanzaban las horas de la noche, el frío del otoño comenzó a hacer mella en los congregados, pero la fe los mantuvo firmes hasta que el reloj marcó las doce de la noche. La llegada de la madrugada del 23 de octubre trajo el desengaño. Uno de los líderes del movimiento, Hiram Edson, escribió más tarde que el dolor que sintieron fue tan intenso que lloraron hasta que el amanecer les mostró la realidad de su situación: el mundo continuaba su marcha y ellos debían regresar a pie a sus hogares vacíos, expuestos a las burlas despiadadas de sus vecinos y sin sustento para enfrentar el invierno que se avecinaba.
Las cenizas del movimiento y un nuevo camino
La desintegración del movimiento millerita fue inmediata. Muchos seguidores abandonaron la fe por completo, sumidos en el escepticismo, mientras que otros intentaron encontrar el error en los cálculos matemáticos de Miller. El propio predicador reconoció públicamente su equivocación, pidiendo disculpas por haber fijado una fecha concreta, y falleció pocos años después apartado de los nuevos liderazgos. Sin embargo, el Gran Chasco no destruyó la creencia en la profecía, sino que la obligó a mutar. Un grupo remanente de seguidores, entre los que se encontraban Hiram Edson y James y Ellen G. White, concluyó que la fecha del 22 de octubre de 1844 era correcta, pero que el evento esperado se había interpretado de forma errónea. Argumentaron que en ese día Cristo no descendió a la Tierra, sino que entró al lugar santísimo del santuario celestial para dar inicio a un juicio investigador antes de su regreso físico definitivo. De esta reinterpretación teológica nació la Iglesia Adventista del Séptimo Día, una denominación global que aún mantiene viva la expectativa del fin de los tiempos, pero evitando taxativamente la fijación de nuevas fechas en el calendario.
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