El rey y la reina de las hadas

Seres feéricos y espíritus de la naturaleza

Ilustración de El rey y la reina de las hadas (seres feéricos y espíritus de la naturaleza)

El Rey y la Reina de las Hadas: los soberanos del Crepúsculo

Las coronas de escarcha y espinas

En el corazón del bosque más denso, allí donde la luz del sol se quiebra en motas de polvo dorado y el tiempo parece detenerse en un eterno atardecer, se alza la corte de los soberanos invisibles. El Rey y la Reina de las Hadas no son meros gobernantes por derecho de linaje; son la encarnación misma de la naturaleza en su estado más puro, majestuoso y terrible. Sus nombres cambian según la colina que habiten o el viento que traiga sus susurros —él puede ser el indómito Gwynn ap Nudd, el astuto Finvarra o el coronado Oberón; ella, la gélida reina Mab, la radiante Oona o la insondable Titania—, pero su esencia es inmutable. Son la encarnación del deseo y el rigor del invierno, el florecimiento de la primavera y la podredumbre del otoño. Físicamente, su belleza no es la de los mortales; es una simetría fría, cortante como el cristal tallado. El Rey suele presentarse con ojos del color de los lagos helados y un cabello que arrastra el aroma de la hojarasca y la tierra húmeda; su corona está hecha de astas de ciervo y espinas de endrino. La Reina, por su parte, viste una túnica tejida con el resplandor de la luna y la seda de las arañas de los brezales; sus dedos son largos y pálidos, capaces de acariciar con la suavidad de una brisa de mayo o de congelar la sangre con un solo roce de su uña de nácar. Juntos gobiernan desde tronos tallados en raíces de roble antiguo, rodeados de una corte de caballeros con armaduras de escarabajo y damas cuyos vestidos cambian de color según el humor de sus señores.

El palacio bajo la colina

El reino sobre el que ejercen su soberanía no conoce mapas. Sus palacios se encuentran bajo los túmulos prehistóricos, las colinas verdes que los hombres evitan pisar después de la puesta de sol. Quien es invitado a sus salones a través de una grieta en la roca no encuentra la oscuridad de una caverna, sino bóvedas infinitas sostenidas por columnas de basalto y techos de los que cuelgan miles de luciérnagas inmóviles. Allí, los reyes presiden banquetes eternos donde se sirve vino de zarzamora que hace olvidar el pasado y pasteles de polen que vuelven loco de añoranza a quien los prueba. La música en su presencia es un peligro mortal. Bajo la mirada de los reyes, la orquesta de las hadas toca melodías que alteran el curso del tiempo: una sola danza en su salón, que al mortal le parece durar apenas unos minutos, equivale a cien años en el mundo exterior. Los monarcas observan este tránsito con una indiferencia soberana. No odian a los humanos, como tampoco el viento odia a las hojas secas que arrastra; simplemente los consideran criaturas efímeras, juguetes curiosos que añadir a su colección de rarezas o siervos temporales para sus campos de asfódelos.

Los caprichos de la realeza invisible

La relación entre la pareja real es tan tempestuosa como el clima de las islas del norte. Sus disputas no se resuelven con palabras, sino con el cambio de las estaciones y la fortuna de las cosechas humanas. Si el Rey y la Reina discuten, las cosechas se pudren en los campos bajo lluvias torrenciales fuera de época, o el invierno se prolonga hasta devorar la primavera. Cuando se reconcilian, la tierra florece en una sola noche y las bestias del bosque paren con una fertilidad asombrosa. A veces, la corte entera sale en procesión durante las noches de plenilunio: es la llamada Cabalgata de las Hadas. Montados en corceles blancos cuyos cascos no dejan huella en la hierba y cuyas bridas de plata repican con el sonido de mil campanillas, el Rey y la Reina lideran un desfile que cruza los páramos. El mortal que se cruce en su camino debe postrarse en tierra y cubrirse los ojos; ver el rostro de la Reina en su esplendor nocturno condena al hombre a una ceguera incurable, y cruzar la mirada con el Rey infunde una melancolía que solo se cura con la muerte. Son los señores de la frontera entre lo que es y lo que se sueña, y sus leyes no admiten apelación.

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