El duende

Seres feéricos y espíritus de la naturaleza

Ilustración de El duende (seres feéricos y espíritus de la naturaleza)

El Duende: el habitante de las vigas y los rincones

El ruido entre los muros

En las viejas casonas de adobe y teja de la América hispana, allí donde la madera cruje por el cambio de temperatura y las sombras se alargan en los corredores de los patios, habita el Duende. No es una importación directa de las cortes europeas, sino una criatura mestiza, nacida de la fusión entre los trasgos de la península ibérica y los pequeños guardianes de la tierra de los pueblos originarios. Es un ser puramente doméstico y telúrico, una presencia que no necesita de grandes bosques ni de fuentes sagradas para existir; le basta el espacio oscuro bajo la escalera, el desván polvoriento o el espacio entre las tejas del techo. El Duende es menudo, apenas de la estatura de un niño de tres años, pero sus manos son grandes, ásperas y terminadas en uñas de tierra. Viste casi siempre con un sayo de lana burda de color gris o pardo y se cubre la cabeza con un sombrero de paja enorme, de ala tan ancha que oculta por completo sus facciones, dejando ver únicamente una barba rala que le llega al pecho y unos ojos que brillan en la oscuridad como brasas moribundas. A menudo camina dando saltitos o arrastrando los pies, produciendo un sonido característico que los habitantes de la casa confunden con el paso de un roedor grande o el goteo de una tubería vieja.

El cortejo y el silbo en la cañada

La actividad del Duende oscila entre la travesura inofensiva y la obsesión peligrosa. Cuando está de buen humor, se limita a cambiar las cosas de sitio: esconde las llaves, derrama la sal, anuda las crines de los caballos en trenzas tan apretadas que es imposible deshacerlas sin cortar el pelo, o arroja pequeñas piedras sobre los techos de zinc para perturbar el sueño de la familia. Sin embargo, su carácter se vuelve sombrío cuando fija su atención en una joven de la casa. El Duende es un pretendiente celoso y constante; silba melodías tristes desde los rincones oscuros, trenza el cabello de la muchacha mientras ella duerme y llena sus sábanas de flores silvestres o terrones de azúcar. Este cortejo es una maldición para la elegida. El Duende no permite que ningún hombre mortal se acerque a su favorita. Si la joven tiene un pretendiente, el Duende le arrojará terrones de tierra cuando camine de noche, le espantará el ganado o aflojará las cinchas de su montura para provocarle una caída. La muchacha cortejada comienza a perder el apetito, se vuelve pálida y melancólica, y pasa las horas mirando al vacío, escuchando el silbido sutil que solo ella puede percibir entre el susurro del viento.

El pacto de la escoba y la mudanza

Deshacerse de un Duende requiere paciencia y astucia, pues la fuerza física no sirve contra quien puede volverse invisible a voluntad. Una de las tácticas más eficaces consiste en aprovechar su naturaleza obsesiva y su incapacidad para dejar una tarea a medias. Se deja en el suelo del patio una escoba de ramas desarmada o un plato lleno de semillas de mostaza mezcladas con arena. El Duende, incapaz de resistir la tentación del orden, pasará toda la noche intentando contar las semillas o armar la escoba; al darse cuenta de que el sol va a salir y no ha terminado, huirá avergonzado hacia el monte y no regresará en una larga temporada. Otras familias, desesperadas por las travesuras constantes, optan por la solución extrema de abandonar la casa. Sin embargo, esta mudanza suele deparar una sorpresa amarga. Mientras los dueños de casa cargan la última carreta con sus pertenencias y se alejan por el camino, es común escuchar una voz chillona que sale de entre los colchones o del fondo de una olla vieja: «¡Qué bien, nos vamos todos de viaje!». El Duende no pertenece al lugar, sino a la familia, y una vez que ha echado raíces en sus vidas, camina con ellos bajo la sombra de su gran sombrero de paja.

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