Pluckley, el pueblo más embrujado de Inglaterra

Fantasmas y espíritus de los muertos

Ilustración de Pluckley, el pueblo más embrujado de Inglaterra (fantasmas y espíritus de los muertos)

Pluckley: Niebla, susurros y el récord del miedo en Kent

El rincón idílico de la campiña de Kent

Pluckley es un pequeño pueblo del condado de Kent, en el sureste de Inglaterra, conocido desde hace más de setenta años como "el pueblo más embrujado de Inglaterra". Según quién lo cuente, entre diez y diecisiete fantasmas rondan sus caminos, su iglesia, su pub y sus bosques: un salteador de caminos atravesado por una espada, una dama enterrada con una rosa roja sobre el pecho, un hombre que grita en un pozo de arcilla, una anciana que ardió viva junto a un puente. En 2025, una investigación académica rastreó el origen de cada una de esas historias y llegó a una conclusión sorprendente: detrás de casi todas hay un solo hombre.

A simple vista, Pluckley parece el escenario de una postal victoriana. Rodeado de huertos, bosques antiguos y colinas suaves, conserva esa arquitectura de ladrillo rojo y tejados de arcilla que evoca una paz inalterable. Su historia escrita comenzó en el año 1086, registrada en el Libro de Domesday bajo el nombre de Pluchelei. Detrás de sus fachadas cubiertas de hiedra se esconde una geografía maldita. En 1989, el Libro Guinness de los Récords lo mencionó como el pueblo con más fantasmas de Inglaterra; nunca fue un récord oficial, porque algo así no se puede medir, pero la mención alcanzó para que la reputación de Pluckley quedara grabada a fuego en el folclore británico.

Las sombras de la encrucijada y los bosques

Las apariciones de Pluckley no se limitan a una sola casa o a un cementerio; parecen formar parte del tejido mismo del terreno, manifestándose en caminos rurales, tabernas y esquinas que los lugareños prefieren evitar al caer la noche. Uno de los puntos más célebres es "Fright Corner" (la Esquina del Miedo), una curva en el camino donde, según la leyenda, un salteador acechaba a los viajeros escondido en el hueco de un viejo roble, hasta que lo descubrieron y lo mataron atravesándolo con una espada contra el propio árbol. Las versiones modernas le dan nombre, Robert Du Bois, y lo sitúan en el siglo XVIII; los viajeros dicen ver la silueta de un hombre que recrea su agonía, atrapado en una repetición eterna de su último combate.

No muy lejos, en el cementerio de la iglesia de San Nicolás, vaga la "Dama Roja", una mujer de la aristocrática familia Dering, dueña de buena parte de Pluckley desde al menos el siglo XVI. Cuenta la historia que era de una belleza excepcional y que, al morir, su marido la enterró en la cripta familiar con una rosa roja sobre el pecho, dentro de un ataúd de siete capas de plomo para que el cuerpo no se corrompiera. Las versiones posteriores agregaron que su espectro busca la tumba sin nombre de un hijo nacido muerto. Su contraparte, la "Dama Blanca", otra mujer de la misma dinastía, ronda el lugar donde estaba Surrenden Dering, la mansión de la familia, destruida por un incendio en 1952. A principios del siglo XX la alquilaba el millonario estadounidense Walter Winans, cazador y campeón olímpico de tiro, que según el relato se quedó una noche en vela en la biblioteca para enfrentarla: cuando apareció, le disparó con su revólver, y las balas la atravesaron mientras ella se desvanecía a través de un estante. La madre de un vecino, que trabajaba en la mansión en esa época, contaba que la dama había muerto al caer por la escalera del cuarto de los niños, cuando subía a darles las buenas noches. Su silueta, dicen, sigue recortándose contra los árboles que hoy ocupan el lugar.

La galería de almas en pena incluye también tragedias reales, con nombre y fecha. El "hombre de los gritos" del viejo pozo de arcilla de la fábrica de ladrillos y tejas, cuyo lamento dicen que aún resuena en las tardes de viento, tiene un origen documentado: el 1 de enero de 1899, Richard Bridgland, de 35 años, cavaba arcilla con dos compañeros cuando una parte de la pared se le vino encima; lo sacaron enseguida, pero se había roto el cuello. Dejó viuda y cinco hijos. La anciana vendedora de berros que se aparece envuelta en llamas, pidiendo auxilio junto a un puente, también existió: se llamaba Sarah Sharp, y en agosto de 1911 encontraron su cuerpo calcinado al costado del camino entre Smarden y Pluckley; su ropa se había prendido fuego, probablemente con su propia pipa encendida. Y está el ahorcado de Dicky Buss's Lane, el sendero que sube a Mill Hill entre unos laureles que desde entonces el pueblo llamó "los Laureles Embrujados": en agosto de 1919, el viejo molinero Richard Buss atravesaba la arboleda cuando chocó de frente con el cuerpo de un hombre que llevaba semanas colgado de un árbol. La tradición dice que era el maestro de escuela. No lo era.

Completan la lista el fantasma del molino de Mill Hill, que la gente veía vestido a veces de blanco y a veces de negro (el molino terminó de arder tras la caída de un rayo en 1939); el Coronel que se ahorcó en Park Wood, cuyo sendero los vecinos evitaban de noche; la dama de Rose Court, que se envenenó en esa casa; y el Arbusto del Diablo, un tocón en el bosque de Dering alrededor del cual bastaba con dar vueltas recitando la rima correcta (tres veces y hacia atrás, según los vecinos) para que apareciera Satanás en persona.

Quién creó a los fantasmas de Pluckley

Hay un detalle que incomoda a cualquiera que investigue el pueblo: ninguna guía antigua habla de sus fantasmas. Ni las memorias del reverendo Ashton Oxenden, que fue vicario de Pluckley durante veinte años (publicadas en 1891), ni los libros de viaje sobre Kent de 1907, 1921 y 1924 mencionan una sola aparición en el pueblo. Las sospechas crecieron con los años. En 2000, el actor y locutor de la BBC Desmond Carrington, que vivió en Pluckley en los años cincuenta, le contó a un diario que él y un periodista habían inventado casi todas las historias para una nota de la revista TV Times. Otros vecinos decían que los lugareños se las contaban a los periodistas en el pub Black Horse a cambio de cerveza gratis.

En 2025, el investigador Simon Moreton, profesor de la Universidad del Oeste de Inglaterra (UWE Bristol), publicó en la revista académica Folklore (volumen 136) el estudio más completo hecho hasta ahora sobre el tema. Revisó archivos de diarios, certificados de defunción, registros parroquiales y censos, y encontró que la primera versión escrita de casi todos los fantasmas de Pluckley salió de la pluma de Frederick William Thomas Sanders (1908-1996), un hombre nacido en el pueblo que trabajó en los astilleros de Chatham, escribía sobre la historia y el dialecto de Kent y se definía como "cazador de fantasmas". Sanders empezó a buscar espectros en 1939: el 24 de julio de ese año, el Daily Herald publicó una crónica de su vigilia nocturna en la iglesia de San Nicolás, la mención escrita más antigua que se conoce de un fantasma de Pluckley. En diciembre de 1950 publicó en el Kentish Express un artículo con nueve fantasmas y el mismísimo Satanás, y fue ahí donde llamó a Pluckley, por primera vez, "el pueblo más embrujado de Inglaterra". En 1955 sumó sus memorias de infancia, Pluckley Was My Playground (Pluckley era mi patio de juegos).

Pero Sanders no inventó las historias: las recogió. La de la Dama Roja venía de su abuelo, Jesse Pile, y la familia la había guardado durante años; la de la vendedora de berros, de su abuela; la del Coronel, de su maestro, Henry Turff. Y Carrington, en su famosa nota de 1962, en realidad volvió a contar los fantasmas de Sanders y solo agregó tres: el carruaje fantasma con caballos que se oye en los caminos, el monje de una casa llamada Greystones y un poltergeist en Surrenden Dering. Esos tres, según Moreton, son casi seguramente invento suyo. Después, los libros de fantasmas de los años setenta siguieron sumando: un poltergeist en el pub Black Horse, una mujer con ropa moderna en el cementerio, otro poltergeist en la granja Elvey. A comienzos de los ochenta ya se contaban por lo menos diecisiete.

El hallazgo más inquietante es el del ahorcado. El hombre de los Laureles Embrujados no era maestro: se llamaba Henry Edgar Martin y trabajaba en una fábrica de papel de la vecina Little Chart; su cuerpo apareció el 15 de agosto de 1919. Sanders lo confundió con Harry Martin, un maestro de Smarden que se quitó la vida en 1923 ahogándose en un estanque, y fundió a los dos en una sola historia. Ese error se copió en todos los libros publicados desde entonces. Lo mismo pasó con la dama de Rose Court: los relatos la convirtieron en la amante de un Dering de la época de los Tudor que se envenenó con bayas de hiedra, pero la mujer que murió en esa casa fue Mary Ann Bennett, de 31 años, el 8 de agosto de 1862, por una sobredosis de opio, tras dos años de enfermedad. Y el fantasma del Black Horse, que según la dueña del pub en 1973 hacía desaparecer objetos y lanzaba jarrones por el salón, se atribuía a una mujer asesinada; el registro real habla de un hombre, Jesse Spicer, que en 1772 recibió un golpe mortal en la cabeza mientras otros dos jugaban a los bolos por una apuesta en el patio del pub. Fue un accidente.

Hay más giros. Sanders nunca dijo haber visto un fantasma: de hecho, desmintió él mismo las luces y los ruidos que había registrado en la iglesia (eran los faros de un auto y su propia respiración). Y durante la investigación, Moreton descubrió que Sarah Sharp, la vendedora de berros, era una prima lejana suya. Su estudio no intenta demostrar que los fantasmas de Pluckley sean falsos: muestra cómo nace una leyenda, de los recuerdos de una familia a las páginas de un diario, y de ahí a los libros, la televisión e internet.

La tensión entre el mito y la paz vecinal

La controversia no es solo académica, sino intensamente local. Los habitantes de Pluckley viven una relación ambivalente con sus fantasmas. A principios de los noventa, las noches de Halloween se convirtieron en una pesadilla de vandalismo, con hordas de curiosos invadiendo el cementerio de San Nicolás y bloqueando las calles. La policía local tuvo que establecer controles de carretera y los taberneros del célebre pub Black Horse —donde se reportan vasos que flotan y ráfagas de aire helado— debieron cerrar sus puertas en fechas clave para proteger la paz de la comunidad. Los escépticos argumentan que el viento del canal de la Mancha, filtrándose por los valles de Kent, es el verdadero responsable de los ruidos y susurros que los visitantes confunden con almas en pena.

El pueblo hoy

En la actualidad, Pluckley sigue siendo un pueblo habitado, celoso de su tranquilidad pero consciente de su leyenda. Los turistas respetuosos aún pueden caminar por Fright Corner o tomar una cerveza en el Black Horse, bajo la mirada atenta de los parroquianos que prefieren no hablar demasiado de lo que ocurre cuando la niebla desciende sobre los campos de lúpulo. El bosque de Dering, rebautizado popularmente por los visitantes como "Screaming Woods" (el Bosque de los Gritos), sigue allí, cerrado por la noche bajo el susurro de las ramas que, para muchos, ocultan lamentos que no pertenecen a este mundo.

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