Íncubo
Íncubo: el demonio que visita a las mujeres mientras duermen
Qué es un íncubo
El íncubo es un demonio masculino que, según la tradición europea, se acuesta sobre las mujeres dormidas para unirse a ellas. Llega de noche, se siente como un peso sobre el cuerpo, y la víctima despierta sin poder moverse ni gritar, convencida de que algo estuvo encima suyo. Su contraparte femenina, la que visita a los hombres, es el súcubo. El nombre viene del latín *incubare*, "acostarse encima", y describe exactamente lo que se le atribuye.
De los faunos de Roma al demonio cristiano
La figura es más antigua que el cristianismo. Los romanos ya hablaban de seres de los bosques, silvanos y faunos, que entraban de noche en las casas y oprimían a los que dormían. San Agustín, en *La ciudad de Dios* (siglo V), recoge que muchas personas dignas de crédito aseguraban que esos silvanos y faunos, a los que el pueblo llamaba íncubos, se habían unido a mujeres, y agrega que negarlo le parecía una imprudencia.
La Edad Media terminó de convertirlo en demonio. Tomás de Aquino, en la *Suma teológica*, explicó cómo un ser sin cuerpo podía engendrar: el demonio tomaba la semilla de un hombre actuando como súcubo y la depositaba en una mujer actuando como íncubo. Con esa teoría, el hijo no era del demonio sino de un hombre real, pero concebido a través de él.
Los hijos del íncubo
La leyenda más famosa es la de Merlín. Godofredo de Monmouth, en su *Historia de los reyes de Britania* (hacia 1136), cuenta que la madre de Merlín era una monja que recibía de noche la visita de un joven hermoso que aparecía y desaparecía sin dejar rastro. Un sabio consultado por el rey explicó que se trataba de uno de esos espíritus que habitan entre la Luna y la Tierra y que se unen a las mujeres: un íncubo. De ahí le venían a Merlín sus poderes.
Con el tiempo, a los íncubos se les atribuyeron embarazos inexplicables, niños nacidos con deformidades y hasta familias enteras de "sangre maldita".
El íncubo y la caza de brujas
El *Malleus Maleficarum* (1486), el manual de los inquisidores, dedica capítulos enteros a los íncubos. Para sus autores, las brujas no eran víctimas sino cómplices: se entregaban voluntariamente a estos demonios como parte de su pacto. Esa idea alimentó miles de confesiones obtenidas bajo tortura en los juicios de brujería de los siglos XVI y XVII.
El mismo libro enumera los remedios contra el íncubo para la mujer que lo sufría sin quererlo: la confesión, la señal de la cruz, el Ave María, los exorcismos y, si nada funcionaba, mudarse a otro lugar.
Una opinión distinta: Sinistrari
En el siglo XVII, el franciscano Ludovico Maria Sinistrari escribió *De Daemonialitate*, un tratado que sostenía algo sorprendente: los íncubos no serían demonios, sino criaturas racionales con un cuerpo sutil, nacidas y mortales, ni ángeles ni hombres, parecidas a los faunos de los antiguos. El libro quedó inédito durante casi dos siglos y se publicó recién en 1875.
Cómo se manifiesta
Los relatos coinciden en un patrón que se repite desde hace siglos:
- **El peso.** Una presión en el pecho o sobre todo el cuerpo, como si alguien se recostara encima. - **La parálisis.** La víctima está consciente pero no puede moverse, hablar ni pedir ayuda. - **La presencia.** La certeza de que hay alguien en el cuarto, a veces visto como una sombra o una figura junto a la cama. - **El contacto.** Sensaciones físicas y, en muchos relatos, de carácter sexual. - **El cansancio.** Despertar agotado, como si la noche hubiera robado energía en lugar de darla.
La medicina moderna reconoce casi todos estos elementos en la parálisis del sueño, en la que la mente despierta antes que el cuerpo y el cerebro completa la escena con una presencia. Muchos investigadores creen que el íncubo fue la forma en que la Edad Media explicó esa experiencia. Para la tradición espiritual, en cambio, la parálisis es justamente el estado en el que estas entidades pueden acercarse.
En el arte
La imagen más conocida del íncubo es el cuadro *La pesadilla* (1781), del pintor suizo Johann Heinrich Füssli: una mujer dormida, tendida de espaldas, con un demonio pequeño sentado sobre su pecho y la cabeza de un caballo asomándose entre las cortinas. La obra causó escándalo en Londres y se convirtió en el retrato definitivo de las visitas nocturnas.
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