La casa de amityville

Fantasmas y espíritus de los muertos

Ilustración de La casa de amityville (fantasmas y espíritus de los muertos)

La Casa de Amityville: Anatomía de una pesadilla suburbana

El eco de los disparos en el 112 de Ocean Avenue

En el tranquilo pueblo costero de Amityville, en Long Island, Nueva York, se alza una casa de estilo colonial holandés con un tejado de mansarda y dos ventanas superiores que se asemejan a ojos vigilantes. El 13 de noviembre de 1974, la tragedia destruyó la aparente paz de esa propiedad. Alrededor de las tres de la madrugada, Ronald DeFeo Jr., de veintitrés años, recorrió las habitaciones de la casa armado con un rifle Marlin de calibre .35. Sistemáticamente, ejecutó a sus padres y a sus cuatro hermanos menores mientras dormían boca abajo en sus camas. DeFeo afirmó más tarde, en un juicio plagado de contradicciones y alegatos de locura, que "unas voces" provenientes de la propia casa le habían ordenado cometer la masacre. El crimen conmovió a la opinión pública, pero el verdadero misterio de Amityville apenas estaba comenzando.

Veintiocho días de asedio

Trece meses después de los asesinatos, en diciembre de 1975, George y Kathleen Lutz, un joven matrimonio con tres hijos, compraron la casa por un precio sospechosamente bajo. Conocían la historia de los DeFeo, pero decidieron que una propiedad tan espaciosa y con piscina era una oportunidad que no podían dejar pasar. La pesadilla comenzó casi de inmediato. Desde el primer día, la familia reportó anomalías físicas: un frío polar inexplicable que congelaba las habitaciones a pesar de tener la calefacción al máximo, nubes de moscas que aparecían de la nada en pleno invierno, y un extraño líquido verde y viscoso que brotaba de los picaportes y las cerraduras. George Lutz comenzó a despertarse todas las noches exactamente a las 3:15 de la madrugada, la hora estimada en que DeFeo había asesinado a su familia. El comportamiento de George cambió radicalmente; se volvió huraño, obsesionado con mantener encendida la chimenea y propenso a arrebatos de ira. Su esposa, Kathy, sufría pesadillas vívidas sobre los asesinatos, sintiendo marcas físicas en su cuerpo al despertar. La situación escaló hasta que los niños comenzaron a interactuar con entidades invisibles, en particular su hija pequeña, quien hablaba de una "amiga" llamada Jodie, un ser con apariencia de cerdo y ojos rojos brillantes que acechaba tras las ventanas. El 14 de enero de 1976, tras solo 28 días de residencia, los Lutz huyeron de la casa dejando atrás todas sus pertenencias.

La marca del demonólogo y el peso de la duda

El caso atrajo rápidamente la atención de los medios de comunicación y de los investigadores paranormales Ed y Lorraine Warren, quienes realizaron sesiones de espiritismo en la casa y afirmaron haber sentido una "presencia demoníaca" de inmenso poder. Durante una de estas investigaciones se tomó la famosa fotografía de un niño de ojos brillantes que asomaba la cabeza desde un dormitorio, que los Warren identificaron como el fantasma del pequeño John DeFeo. Sin embargo, la veracidad del caso de Amityville comenzó a resquebrajarse bajo el escrutinio de los escépticos y los tribunales. William Weber, el abogado defensor de Ronald DeFeo, admitió públicamente años más tarde que él y los Lutz habían ideado gran parte de los fenómenos más espectaculares sobre botellas de vino, buscando crear una historia que ayudara a conseguir un nuevo juicio para su cliente y un lucrativo contrato editorial para los Lutz. Investigadores posteriores descubrieron que muchas de las afirmaciones físicas de los Lutz —como los daños en las cerraduras causados por supuestas fuerzas invisibles o las huellas de pezuñas en la nieve— no coincidían con los registros policiales ni meteorológicos de aquellos días.

El presente silencioso de la casa modificada

A pesar de la controversia y las acusaciones de fraude, la leyenda de Amityville se instaló definitivamente en la cultura popular global, dando origen a docenas de libros y adaptaciones cinematográficas. Los dueños posteriores de la casa en el 112 de Ocean Avenue (cuya dirección fue modificada legalmente a 108 Ocean Avenue para ahuyentar a los curiosos) han afirmado de manera unánime que nunca experimentaron ningún tipo de actividad paranormal en la propiedad. Las icónicas ventanas en forma de ojo de buey fueron reemplazadas por ventanas cuadradas tradicionales en un intento por despojar al inmueble de su rostro siniestro. Hoy, la casa sigue en pie, habitada y vigilada por cámaras de seguridad que intentan proteger a sus residentes de los verdaderos intrusos: los miles de turistas que aún acuden a contemplar el lugar donde el crimen real y la ficción sobrenatural se fundieron para siempre.

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